¡Aymé!


Y sabías amar, y eras prudente,

y era la primavera y eras bueno,

y estaba el cielo azul, resplandeciente.


Y besabas mis manos con dulzura,

y mirabas mis ojos con tus ojos,

que mordían a veces de amargura.


Y yo pasaba como el mismo hielo...

Yo pasaba sin ver en dónde estaba

ni el cruel infierno ni el amable cielo.


Yo no sentía nada... En el vacío

vagaba con el alma condenada

a mi dolor satánico y sombrío.


Y te dejé marchar calladamente,

a ti, que amar sabías y eras bueno,

y eras dulce, magnánimo y prudente.


Toda palabra en ruego te fue poca,

pero el dolor cerraba mis oídos...

Ah, estaba el alma como dura roca.

Dulce tortura


Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía

sobre tus manos largas desparramé mi vida;

mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;

ahora soy un ánfora de perfumes vacía.


Cuánta dulce tortura quietamente sufrida

cuando, picada el alma de tristeza sombría,

sabedora de engaños, me pasada los días

¡besando las dos manos que me ajaban la vida!