Soy


Soy suave y triste si idolatro, puedo

bajar el cielo hasta mi mano cuando

el alma de otro al alma mía enredo.

Plumón alguno no hallarás más blando.


Ninguna como yo las manos besa,

ni se acurruca tanto en un ensueño,

ni cupo en otro cuerpo, así pequeño,

un alma humana de mayor terneza.


Muero sobre los ojos, si los siento

como pájaros vivos, un momento,

aletear bajo mis dedos blancos.


Sé la frase que encanta y que comprende

y sé callar cuando la luna asciende

enorme y roja sobre los barrancos.

Queja


Señor, Señor, hace ya tiempo, un día
soñé un amor como jamás pudiera
soñarlo nadie, algún amor que fuera
la vida toda, la poesía.
Y pasaba el invierno y no venía,
y pasaba también la primavera,
y el verano de nuevo persistía,
y el otoño me hallaba con mi espera.
Señor, Señor: mi espalda está desnuda:
haz restallar allí, con mano ruda
el látigo que sangra a los perversos.
Que está la tarde ya sobre mi vida,
y a esta pasión ardiente y desmedida
la he perdido, Señor, haciendo versos.

Oye: yo era como un mar dormido...


Oye: yo era un mar dormido.

Me despertaste y la tempestad ha estallado.

Sacudo mis olas, hundo mis buques,

subo al cielo y castigo estrellas,

me averguenzo y escondo entre mis pliegues,

enloquezco y mato mis peces.

No me mires con miedo. Tu lo haz querido.